ACCH

Me puse a buscar algunos decálogos famosos referidos a las características que acompañan al buen estudiante, y encontré un desordenado registro de candideces y buenas intenciones. Las nociones educativas parecen estar petrificadas en un ancestral paternalismo y en la equivocada idea contemporánea de que toda ilustración debe conllevar algo de lúdica. Pero los tiempos de la inteligencia cada vez son más complejos, y el cultivo de la mente, que antes era agradable por el predominio de las disciplinas especulativas, ahora, con la prevalencia de las ciencias duras y la tecnología, se hizo más difícil, aunque menos profundo. El facilismo y el bien pasar son enemigos de la verdadera formación universitaria. Quien vaya a una universidad con el ánimo de vivir un relativo bienestar (como si se tratara de una experiencia psicodélica), se equivoca. Cada vez la adquisición del conocimiento exige una mayor entrega y una conducta más metódica y analítica, simplemente porque hoy se sabe mucho más que antes y hay que hacer muchas más correlaciones entre sabidurías distintas. Si no existe en el estudiante una vocación total y una decisión inquebrantable para superar el escollo que implica toda experiencia intelectual seria, naufragará en un mar de naderías.

Ante la imposibilidad de hallar un decálogo satisfactorio que me permitiera discurrir sobre el tema, acogí una sigla que reúne, a mi juicio, aquello que distingue a un buen estudiante: ACCH, que pone de presente tres condiciones fundamentales que le permiten a un joven desplegar su capacidad de aprender cosas por el resto de su vida. Aquí queda implícita la subordinación al aprendizaje continuo, cuyas bases se sientan, entre otros escenarios, en los claustros universitarios, algo que también es posible lograr a través del autodidactismo.

Pero volvamos a la sigla. La A es la actitud, la C la capacidad y la CH la condición humana.

Nadie que no tenga una actitud de amor por el conocimiento, de resuelta entrega al objetivo de instruirse, puede lograr mayores títulos en el campo del saber. Quien le deja todo a la posible enseñanza que habrá de recibir de sus maestros se queda a mitad de camino y su barcaza se hundirá en el río de sus ilusiones. El conocimiento y la experiencia no se pueden transfundir; quien quiera aprender debe asumir, muchas veces con heroicidad, su propio destino. Lo otro es la autocomplacencia, hermana de la ignorancia. Quien no es capaz de grandes sacrificios estará condenado para siempre, en el ámbito del discernimiento, a una absoluta insignificancia.

La capacidad, independientemente de los genes que determinan algunos atributos, se puede moldear y estimular con el esfuerzo. Bien sabido es que el tesón con que se asumen ciertas tareas termina por superar al talento. En el campo de la neurofisiología, el desarrollo de aptitudes precoces depende más del ambiente hogareño y de la educación que de lagenética; solo tardíamente en la vida florecen las expresiones de la inteligencia heredada.

¿Qué pensar de la condición humana, tan frágil y sobrecogedora, cuando surge, reflejada con sus mejores ornamentos, en los buenos estudiantes? Esa es la más plena experiencia que brinda la docencia universitaria. Cruzarse con jóvenes que piensan con un sano juicio, que aceptan sus fracasos con entereza, que permanentemente están dispuestos a inmolar algo a favor de su superación personal y académica sin acudir a patrañas e infundios, es algo parecido a la gloria eterna. Ahí es donde puede decirse que habita el espíritu del hombre.

 

Dr. Álvaro Bustos González
Decano de la Facultad de Ciencias de la Salud
Universidad del Sinú -Elías Bechara Zainúm-
Montería, Colombia
abustos53@hotmail.com