Teoría y práctica

Teoría y práctica
University crisis is a crisis of culture.

La palabra crisis no siempre implica que las cosas andan mal. Desde que los chinos empezaron a influir en la economía mundial y los criterios de los administradores hablaron de autogestión, las crisis como oportunidades de superación han estado a la orden del día. “Crisis universitaria” parece un pleonasmo; la universidad, por su misión de buscar la verdad y discutir sobre la realidad en sus múltiples facetas, debe ser un organismo en crisis perpetua, es decir, en un estado convulsivo constante, dirigido a poner las cosas en su puesto, bien con la ciencia, bien con el arte.

Ahora, en su sentido lato la palabra crisis no ha dejado de expresar asuntos problemáticos. En el caso de las universidades en el Reino Unido, hoy se debaten tres aspectos que se consideran profundamente perturbadores de su futuro: la búsqueda desaforada de rentabilidad a corto plazo, la utilización de un lenguaje amorfo que oscila entre la verbosidad y la autoayuda, y un renovado desdén por las humanidades, so pretexto de que éstas no son productivas. Por el lado de España la crisis no amaina. Allá se acusa a la clase dirigente de despreciar la inteligencia y a la universidad de haber caído en la nomenclatura de la psicología evolutiva (competencias, habilidades, etc.), expresiones sólo pertinentes al desarrollo cognitivo del niño, y en la jerga pseudocientífica, que se refiere sin recato al mito de la inteligencia emocional. Por falsa,  en España la autonomía universitaria ha sido puesta en duda; se aduce que la universidad pública padece de ineficacia, burocratismo académico y sindicalismo voraz. En relación con los estudiantes, se atribuye su bajo nivel a los modelos pedagógicos no exigentes de la primaria y el bachillerato, en especial al plan de Bolonia, que promueven la holgazanería y el facilismo; y en torno a las investigaciones, de cuya importancia nadie duda, se pide que no haya tanto esfuerzo inútil, no conducente, que sólo busca llenar el requisito formal de hacer publicaciones sin consecuencias prácticas de ninguna naturaleza. Nosotros no estamos muy lejos de esto.

Puestos a tomar partido en uno de los puntos en disputa, uno podría pensar que si en Europa, cuna de nuestra civilización, se duda de la importancia o de la vigencia de sus tesoros culturales para la formación del hombre, es porque el tema rebasó de lejos el ámbito de una crisis universitaria para convertirse en la abjuración indolente de unos valores con proyecciones universales. En términos científicos y humanísticos no puede ni debe haber contradicciones en los fines. No es posible una comprensión cabal de la aventura científica sin una cultura humanística; tampoco es posible hoy un conocimiento a fondo de las artes, que tienen que ver con lo más sutil y subjetivo de la condición humana, sin un contacto con la ciencia. La única forma de defender la validez antropológica de las viejas cosmogonías es precisamente aceptando que el hombre, por muy letrado que sea, siempre arrastrará consigo una buena dosis de misterio; pero del mismo modo es indispensable recordar que el único modo de salir de las cavernas mentales es aproximándose a las luces que, por fortuna para el intelecto humano, se derivan del estudio y la observación sistemática de los fenómenos naturales.

Cierto es que la pretensión de explicarlo todo a través del pensamiento lógico y objetivo choca contra las posibilidades mismas de la ciencia. Ya Einstein había dicho que no tiene sentido analizar una sinfonía de Beethoven como un problema de ondas acústicas. Pero la obsesión por permanecer en la oscuridad, nada más porque no somos capaces de superar inequidades ni de poner en el desván de los trastos viejos un sartal de equívocos ideológicos que nos han sumido en el atraso, la ignorancia y la violencia, no debe considerarse como una decisión acertada por el simple hecho de ser autónoma. La enseñanza del odio de clase no debe justificarse bajo ninguna circunstancia, porque no es cierto que el hombre moderno deba resignarse a la indigencia mental y afectiva. Detrás de eso no hay sino manipulación, intereses inconfesables y delirios autoritarios que se camuflan en demagógicos principios etnográficos, en nacionalismos bélicos y en perversos designios políticos que terminan coartando la libertad.

Abierto  el debate sobre la educación y sus proyecciones en América Latina por el periodista Andrés Oppenheimer en su libro ¡Basta de historias!, en el que señala el predominio de las humanidades sobre los conocimientos técnicos como una de las fuentes de nuestro atraso, conviene darle una mirada al tema.

El origen remoto de las universidades puede ubicarse en la Grecia antigua. Por aquellos pagos, unos 300 años antes de Cristo, el filósofo Epicuro compró una tierra cercana a Atenas, una especie de parcela destinada a difundir su pensamiento en un ambiente bucólico. Es de suponer que ahí los árboles eran frondosos, que había flores variopintas y que la brisa pasaba en silencio por entre los ramajes, porque a ese lugar se le llamó, con cierta familiaridad, El jardín de Epicuro. En ese entonces lo que se estilaba era la enseñanza y el aprendizaje a través del diálogo directo y la discusión sustentada en argumentos con peso dialéctico. Así lo hicieron Sócrates, Platón y Aristóteles.

Siglos después, en pleno Renacimiento, un pintor holandés apodado El Bosco, pintó una alegoría de la vida conocida como El jardín de las delicias, que bien pudiera interpretarse como una alegoría de lo que es una universidad con tres instancias predecibles: el paraíso, con sus sueños e idealismos puros e inocentes; la lujuria pecaminosa con que el hombre busca y se encarniza con el conocimiento; y el infierno al final, que en el cuadro de El Bosco está lleno de instrumentos musicales y sonidos gratos, lo que vendría a significar, a pesar de los demonios y el calor de las llamaradas, un premio paradójico por haber sido capaces de transgredir el secreto de la verdad.
La tesis de Oppenheimer parecería oponerse a que los estudiantes de América Latina sepan quién fue Epicuro y qué diversas formas de interpretación le cabrían a El jardín de las delicias, uno de los cuadros más importantes de nuestra cultura. Parecería que, en opinión de Oppenheimer, la posibilidad de imaginar, de aventurar visiones diferentes, es poca cosa ante la aparente infalibilidad de las matemáticas, de las ciencias naturales y de las operaciones de los encargados de deducir los beneficios de algo en razón de sus utilidades contables. La pretensión de confinar al hombre a un esquema de supuestas exactitudes conceptuales o utilitarias, de subordinarlo a dudosos paradigmas y de concitarlo a confundir los abusos del dinero con la máscara del progreso, es la mejor forma de menoscabarlo y de destruirle lo poco que le queda de humanidad, es decir, de ente sensible, capaz de entender la libertad hacia dentro de sí mismo, con prescindencia de alharacas doctrinarias y exhibicionismos fanatizados.

El atraso de buena parte de Latinoamérica no se debe a las humanidades. Se debe a los demagogos, a quienes hablan desde posiciones de poder de lo que no saben, a los corruptos (ya Suetonio había dicho que el abuso de la deshonestidad y la sordidez en la vida política desembocan siempre en la violencia), a quienes no han entendido la diferencia entre el pecado y el delito, a los que no hacen la distinción, como pedía Epicuro, entre placeres mayores y menores, a la creencia de que las reformas constitucionales cambian la moral de la gente, a la idea equivocada de que el problema son las instituciones y no los hombres, y al mortal virus de las ideologías, que mientras más cerriles y obcecadas, mientras más redentoras se muestren, más lejos nos llevarán por el amargo camino de la ignorancia, el desconcierto y los ritos sin grandeza de la autocomplacencia.

 

Dr. Álvaro Bustos González
Decano de la Facultad de Ciencias de la Salud
Universidad del Sinú -Elías Bechara Zainúm-
Montería, Colombia
abustos53@hotmail.com